
Tal como sucedió el domingo pasado, desde temprano las calles del Bosque empezaron a teñirse de azul y blanco, los eucaliptos se tomaron el día para, desde arriba, observar el fiestón que tenía el pueblo tripero preparado. Todos lo sabían. Era lógico, y por eso vinieron de todos lados. Medios de comunicación porteños, varias señales de televisión, ni hablar de las radioemisoras y gráficos.
Es que Diego Maradona debutaba en el Bosque, tras una semana de trabajo en Estancia Chica. Y ahí estaba, como siempre, todo el pueblo tripero. Familias enteras juntaron el mango para pagar la cuota societaria, otros pintaron banderas. También hubo quienes mandaron a hacer varias tandas de retazos de tela blanca con la cara del Diez en azul. Esa cara joven y melenuda de Villa Fiorito. Esa cara en la que tantos y tantas nos vemos identificados.
Hicieron tortas con la cara de Maradona, billetes de fantasía de 10 “maralobos” que -dicen- compraban varios gramos de ilusión. Globos tubulares. Humo. Pero el humo de la verdad, de la felicidad, de la expresión desaforada de la gente albiazul que parecía pincelada por Antonio Berni.
El partido comenzó a las 11 de la mañana de este domingo 15 de septiembre. Pero casi con ojos pegados, los triperos y las triperas empezaron a llegar antes de las nueve. Sonrisa en mano, amor en la mirada, y cariño entre manos. Así estaban hoy. El recibimiento fue una verdadera locura de colores y griterío liberador de experanza. Sin verguenzas. Esperanzas, sin más. La postal se asimilaba a la que se vive en una final, en un partido determinante, o en un clásico. En realidad, no. Fue más. Se sintió un poco más.
A ver. Nadie se olvida de la compleja situación que atraviesa el Lobo con un puntaje ajustadísimo. Sólo estamos disfrutando de un nuevo comienzo, con todo lo que eso conlleva. El pueblo tripero está feliz de haber sido elegido, en su momento más crítico, por el más grande del fútbol. Está agradecido por recibir semejante apoyo divino cuando el trazado del electrocardiograma se tornaba lineal.
El destino unió a dos fenómenos populares en el momento que más se necesitaban. Como si todo estuviera escrito de antemano, como si se hubiesen estado esperando. Se necesitaban sin saberlo. A Gimnasia solo lo podía estimular y motivar Maradona; a Maradona, Gimnasia.
Y acá estamos, juntos. Locos y enfermos. Con la pasión como motor, con la solidaridad y compañerismo sobre todas las cosas, con la bandera de lucha contra toda adversidad bien alta. Porque ya nadie se queda esperando que las cosas pasen, porque ni Diego ni Gimnasia están derrotados. Juntos ahora, por destino divino, resurgirán. Ya resurgieron. Ya nada volverá a ser igual.
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